Ayer fui a conseguir unas donas porque era Jueves-de-donas, obvio. Y dejé al dragón dormidito en el bosque. ¡Parecía cachorrito!
El caso es que cuando volví, jalando 17 cajas amarradas (¡qué fuerte soy!) y trepadas en un patín viejo (no en línea, por suerte), el dragón tenía mucha hambre, así que se comió catorce cajas (las donas, no las cajas), lo cual no me hizo NIN-GU-NA gracia.
Y ya estaba yo haciendo berrinche con MIS donas cuando ocurrió algo aún peor que lo que escribí antes: ¡el dragón se echó uno poderosísimo!
Qué horror.
Olía a &(%$#.
Y ya le iba yo a decir lo que pensaba cuando vimos un dragón morado con ojos amarillos venir hacia nosotros desde el aire. Por tierra, uno azul turquesa. ¡Ay, nanita! Nos echamos a correr, claro, pero, el bosque era muy denso y el dragón se atoró.
No, no saben lo que fue eso. Miedo es poco. Es nada. Sentí que tenía en la mano mi última dona.
Y en eso se me prendió el foco. ¿Saben qué hice?
¿No?
¿Noooooooooooooooo?
Mmm.
¡Pues le metí la dona al dragón en la bocota, le dije que se la tragara y que se echara otro!
Y sí. Se echó el más superhipermegaarchirequete peor de los gases que hayan pasado por el sistema digestivo de cualquier dragón.
Se oyó a tres kilómetros a la redonda como si el golpe de una espada gigantesca hubiera partido la Tierra desde el núcleo dejando salir la fuerza del planeta.
Apestó a huevos podridos con vómito de rata con popó de rana con pescado muerto con aceite de hígado de bacalao con acelgas rancias con leche agria con pedos de dragón. Y peor.
Y entonces, ¿qué creen que pasó?